“Con un horizonte abierto,/ que siempre está más allá,/ y esa fuerza pa’ buscarlo / con tesón y voluntad./Cuando parece más cerca/ es cuando se aleja más” - escribió Atahualpa Yupanqui
Horizonte: obrero del misterio, artesano de ese lugar donde un no sé qué termina, dónde un qué se yo comienza
¿Qué habrá pensado Dios (o todo eso que llamamos Dios), al crear el horizonte? ¿De qué material estará conformado: tendrá un poco de desasosiego humano y un poco de distracción divina? ¿Estará hecho el horizonte de los secretos de los ausentes, madurarán en él, los frutos de los árboles tumbados? ¿Acaso el horizonte, tiene como ingrediente las preguntas que un “naide” le hace al viento?
“¡Todo es cielo y horizonte/ En inmenso campo verde!” – cantó Martín Fierro, inaugurando una idea infinita, pues el náufrago de mar tiene faro, sin embargo el náufrago de tierra sólo tiene el horizonte. Así, muchos artistas de llanuras, urdieron el manifiesto del horizonte: “No le cierre la tranquera/ al dueño del horizonte/ me dije olfateando el monte/ con resto de primavera/ no le adjudique trinchera/ que naides quiere esconderse/ y alcanza con no moverse/ pa andar una vida entera/ al dueño del horizonte/no le cierre la tranquera.” (José Larralde) o el Mensual de Campo, de otro prócer de llanura, Alberto Merlo: “En qué potrero lejano se prolongará su marcha/ abajo dureza de escarcha, o trebolar de verano;/ tras qué ternero orejano o rastro de yeguarizo/ en el pangaré mestizo, o el malacara lunanco/ irá recorriendo al tranco el horizonte rojizo.” Y por qué no un poema del folklorista de la llanura urbana, Jorge Luis Borges: “El primer organito salvaba el horizonte/ con su achacoso porte, su habanera y su gringo”
¿Cuánta memoria mapuche, cuántos silencios de quebracho y ombú, cuántos cielos de Toba custodian el horizonte? ¿De qué misteriosa alcoba planetaria, traerá el día el horizonte? ¿Será la línea del horizonte, la raya que la criatura del destino traza con su lápiz de milenios y crepúsculos?
Horizonte que a veces parece la gran alcancía del cielo, que a menudo administra los secretos del más allá, que cada tanto permite que el Zonda se desnude en su misterio, que cada tanto accede a que la Sudestada se vista con su ropaje gris, porque el horizonte, ante todo es una provocación, el pan de lo que vendrá, la nostalgia de mañana que ilumina el camino, el misterioso teatro donde lo que fuimos y seremos, representa el drama que lo somos.
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