| Confiar en el misterio – tituló el poeta Jorge Boccanera al ensayo que escribiera acerca de la poesía de Juan Gelman. Y es cierto: el artista debe confiar en el misterio, debe enfrentar la vida bajo el latido de su otro corazón, aquel que le permite intuir que en la mosca hay un posible ángel, aquel que denuncia el naufragio de Dios en la mano del niño que pide una moneda, a orillas del océano empetrolado de Constitución, aquel que advierte que el fin del mundo acontece cada vez que todo sigue igual: que las hojas en blanco no se pueblan de versos, que los silencios no se clausuran con vidalas, que la quietud , de lo que llaman realidad, no se resuelve agitando el pañuelo de la zamba.
García Márquez para escribir confió en el misterio del folklore de su país, tal es así que en su Literatura no faltan: las peleas de gallos, las leyendas, el café, los aparecidos (Prudencio Aguilar murió de una lanzada de José Arcadio Buendía. El matrimonio Buendía descubre a Prudencio hasta en su propio cuarto y se ve obligado a tomar la determinación de marcharse del pueblo) y el realismo mágico propio de las supersticiones del continente.
Leda Valladares, apenas hubo de licenciarse en Filosofía y Letras, escuchó entonar bagualas a unas copleras de Cafayate e inmediatamente confió en el misterio del canto ancestral (hay un antes y un después de Leda en el universo del cancionero popular argentino y también en el país del silencio norteño)
El poeta Vicente Barbieri confió en el misterio del bonaerense río Salado, quizás por eso, el río rural le dio a cambio una balada: “Y su sabor amargo de viejo andanza/ Doliendo sigue en tiempo transferido. /En hierro antiguo y pesadumbre avanza/ Por un correr callado y dolorido/ En grises campos y poniente ardido/ Con mi ribera y puente de esperanza”
Las tejedoras catamarqueñas de Antofagasta confían en el misterio de San Juan Bautista, el patrono de las ovejas: ellas le rezan al santo, mientras tejen juegos de peleros y aguardan a que el viento (al que consideran una persona) deje de golpear las puertas del frío.
León Benarós, artesano de la palabra popular, confió en el misterio de la tierra, a punto tal de declarar: “Ella tiene tantos nombres / como las incontables criaturas que inventa/ Se llama flor, alondra y secadales...nunca repite, aunque quisiera hacerlo/ la forma de una flor, y, entre millones/ hay un signo secreto en cada una”
El artista es como el domador ante el caballo salvaje: sólo tiene su confianza en el misterio, pues el animal hará todo lo posible para evitar que le quiten su furia; será el intrépido jinete el que abrirá el diálogo con lo inexplicable, como tantas veces lo ha hecho la llanura con su soledad (llanura que le ha domesticado los fantasmas, llanura que le ha quitado el ropaje de civilización y ha poblado sus silencios con las antiguas canciones del abismo) Pero el domador insiste como el artista, y se lanza hasta hacer del misterio un hecho cotidiano de su “realidad”. Julio Cortázar advertía: “Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire”
Los pueblos libres son aquellos que confían en el misterio de su cultura popular: abrevemos en los paisajes espirituales de nuestro folklore, dejemos de habitar los mapas que urdieron los cartógrafos del norte, poblemos definitivamente las comarcas del canto profundo de nuestro misterio.
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