“Cuando tenga la tierra/ Sembraré las palabras/ Que mi padre Martín Fierro/Puso al viento” –escribió Ariel Petrocelli
La palabra Tierra es tan importante para la humanidad como lo es pan. Ambas remiten a lo material, sin embargo las dos se han transformado en símbolos espirituales del hombre: quizás el pan sea el Ser de la Tierra, la calavera con que el Hamlet de trigo, recita su monólogo inmortal, y tal vez la tierra sea el teatro de la humanidad, el coliseo de pasiones donde la Historia acumula comedias y tragedias o donde las comedias y tragedias acumulan historias.
“Cuando tenga la tierra/ La tendrán los que luchan/Los maestros, los hacheros,
Los obreros”
En cada Carnaval, en el noroeste, se desentierra y se vuelve a enterrar el diablo: tal vez sea el zupay la semilla pagana que crece, hasta invadir los corazones de los siempre poseídos por el carnaval, quizás la tierra alimente al diablo con sus banquetes secretos, con sus manjares ancestrales, aquellos, que a veces, los mineros, se atreven a saborear, aquel menú de muerte y petróleo, de hueso y mineral, de socavón y alarido de piedra
“Cuando tenga la tierra/ Te lo juro semilla/ Que la vida/ Será un dulce racimo
Y en el mar de las uvas/ Nuestro vino/Cantaré, Cantaré”
¿Cuántos sembradores mediaron entre nuestra tierra y su cosecha? ¿Cuántos alfareros consiguieron desnudarla hasta su erotismo de vasija? ¿Cuántas ofrendas a la Pachamama alimentaron su vientre? ¿Cuántos vinos conquistaron su alarido de barro y sal? ¿Cuántas lluvias se apropiaron de las huellas de los errantes, de los colores que los siglos tallaron en la flor y en el cerro?
“Cuando tenga la tierra/ Le daré a las estrellas/ Astronautas de trigales/ Luna nueva”
Antes que los nombres y las religiones, estaba la tierra. Antes que los amos y los esclavos, estaba la tierra; antes que nuestros silencios y nuestras canciones, estaba la tierra. La tierra estaba de antes, diría Tejada sin equivocarse, porque la tierra es el taller del primer río que moldeó la lágrima humana; la tierra es el atelier donde el ancestral pintor de los volcanes, concibió los colores de la aurora norteña; la tierra es la sinfonía inmóvil, del inmortal músico de los vientos.
“Cuando tenga la tierra/ Formaré con los grillos/ Una orquesta donde canten
los que piensan”
¿Será la tierra la escuela de los mineros, el club de los huesos viejos del mundo, el destino irremediable del último abrazo del hombre?
“Campesino, cuando tenga la tierra/ Sucederá en el mundo/ El corazón de mi mundo/ Desde atrás, de todo el olvido/ Secaré con mis lágrimas/ Todo el horror de la lástima/ Y por fin te veré, campesino/ Campesino, campesino, campesino Dueño de mirar la noche/ En qué nos acostamos/Para hacer los hijos”
El que jamás cante, el cancionero de su tierra, siempre será un extranjero en las melodías del salitre; el que jamás calle, los silencios de su tierra, siempre será un forastero de la palabra de azufre, porque uno es de la tierra donde ha sembrado a sus muertos, porque uno es de la tierra donde ha cosechado los secreto del vivir, porque uno es de la tierra, a la que María Elena Walsh le compuso una serenata: “Porque el idioma de infancia/ es un secreto entre los dos./ porque le diste reparo/ al desarraigo de mi corazón”
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