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Folklore Bueno o Malo
por Pedro Patzer*
 

Entre carteles que rezan “Open” “Exit” o “Push”; entre películas donde el musculoso norteamericano salva al mundo de los terroristas colombianos, entre bombas tomahawk y un premio nobel de la paz que manda a matar; entre todo estas cosas, lo que nos ayuda a defender nuestra identidad es el folklore.

Muchos asocian la idea de folklore con el grito de: ¡Patria!, nosotros creemos que folklore es algo más, que el folklore es el espejo auténtico, el que recupera el gesto íntimo del pueblo. Folklore es las pintadas en los camiones, esa sabiduría breve y anónima, en las que se pueden hallar temáticas argentinas, tópicos como la madre: “Lo mejor que hizo mi vieja es el pibe que maneja” o “Por el Viejo lo tengo... por la Vieja lo doy!” Por supuesto que entre estas inscripciones folklóricas de los camiones, no faltan las machistas: “Señora... ¿está su cocina tan limpia como esto?” o “Su hija sufre y llora por este Negro, señora” o “Soñaba con Caperucita y me casé con el lobo”

Es importante destacar que existe un folklore bueno y un folklore malo, porque él retrata lo que genera el pueblo. Se equivocan los que creen que el folklore está hecho sólo de elementos buenos, él, se parece a nosotros, y también está colmado de defectos: si el pueblo es machista, el folklore expresará elementos machistas; si el pueblo es supersticioso, el folklore reflejará sus supersticiones. Esto no significa que si el folklore es malo, no representa los valores de la nación, todo lo contrario, si el folklore refleja nuestros defectos, será que el folklore es el espejo en el que debemos mirarnos para evolucionar, el folklore no es lo que debemos ser, el folklore es lo que somos.

Entre muchos que nos enseñan a pensar inglés (que en vez de llamar a un pibe Juan, lo llamemos Axl y así terminamos diciendo Falkland Islands en lugar de Islas Malvinas) y entre otros que se deleitan contemplando la arquitectura francesa de la avenida Alvear, creyendo que somos los más europeos de Sudamérica (los mismos que jamás ingresaron a una casa chorizo y no saben queé significa una tapera) entre el acecho de estos, tenemos al folklore para que nos ayude a comprender nuestra auténtica identidad.

Decíamos que por ser folklórico, no garantizamos que sea bueno, y que existe un folklore malo, un folklore que también refleja nuestras debilidades. Por eso, entre otras tantas cosas, el folklore no puede negar la infidelidad, ¿acaso quién no ha sabido de cuernos? De hecho en los pueblos y en los barrios de Buenos Aires, no falta el cornudo y el pata e´lana: ¿Cómo el folklore no iba a retratarlo? “Yo soy como un angelito/ que no sabe diablura/ pero sé entrar en las casas/ salir por la cerradura.// “Juancito me llamo yo/ zorro me dice mi vecina/ cada vez que esta solita/ ya está lista tu gallina.”/// “Anima que andas penando/ detrás de este suceso/ mi marido está en la cama/ olvidé colgar el hueso.” (Mariana Carrizo, bagualera salteña)

Hay remedios gauchos, curas de campo, que pueden producir serios problemas de salud, no sabemos cuán conveniente es darle a una parturienta, en grave estado, una infusión de pluma de avestruz tostada o a un asmático, en pleno ataque, un cigarrillo con hojas secas de chamico. Es decir, no por ser folklórico, significa que sea bueno

En tiempos en los que para cada cosa tenemos un “password”, y ante todo debemos hacer doble “click”, y las horas tienden a volverse efímeras como nos enseña el “zapping”, tenemos el folklore como fuente donde abrevar, como espacio donde encontrar nuestra verdadera identidad: nuestro profundo silencio, nuestro hondo canto, nuestro auténtico tiempo

Pero como venimos reflexionando, el folklore no sólo está hecho de cosas buenas, como algunos tradicionalistas intentan concluir, nuestro folklore también está conformado de elementos malos. Rescatemos algunas coplas populares basadas en prejuicios, coplas que de alguna manera ilustran, de forma arbitraria, la identidad de los diversos habitantes de las provincias.

Que el salteño dice:

Si el sábado tengo plata

el domingo me la tomo,

el lunes duermo la siesta

y el martes ya pongo el lomo.

Que el catamarqueño dice:

Trabajar, ay, no me gusta,

a flojo, nadie me iguala;

para cantar la vidala

soy como tejido a pala.

Que el tucumano le dice al santiagueño:

Por los campos tucumanos

llevan preso a un santiagueño

porque ha encontrado bozal

antes que lo pierda el dueño.

Y El santiagueño responde:

Santiagueño soy señores,

de Santiago del Estero;

más vale ser santiagueño

que tucumano cuatrero.

No por folklórico, algo se transforma en bueno, incluso nuestro poema nacional, Martín Fierro, específicamente, en los consejos del Viejo Vizcacha, contiene ideas que son repudiables, como aquella tan poco solidaria: "Jamás llegués a parar/ Ande veas perros flacos" o esa que celebra la corrupción: "Hacete amigo del Juez/ No le dés de qué quejarse/ Y cuando quiera enojarse/ Vos te debés encojer,/ Pues siempre es güeno tener Palenque ande ir a rascarse". O la machista que advierte: "Es un bicho la mujer/ Que yo aquí no lo destapo/ Siempre quiere al hombre guapo/ Mas fijate en la elección/ Porque tiene el corazón/ Como barriga de sapo".

¿Por qué estas consideraciones acerca del folklore malo?. Tal vez porque la madre de todas las zonceras, aquella que rezaba: civilización y barbarie, hizo que la alta cultura, de algún modo tuviera vergüenza por los hechos folklóricos, por las expresiones auténticas de la Argentina profunda, mientras se ocupaba de imitar las modas artísticas de París. Y de esta manera, se nos ha educado, inconscientemente, en la vergüenza por lo nuestro y eso, de algún modo, nos ha llevado a hacer juicios morales sobre el folklore, a obligarnos a asociarlo con la patria y lo bueno, sin darnos el permiso de abrazarlo en su verdadera dimensión, sin otorgarnos la oportunidad de utilizarlo como una herramienta para comprender la vida y sus heridas, para interpretar por qué cuando se desprecia a alguien, se dice: “ese es un negro...” ¿de dónde proviene eso? Del folklore malo ¿Acaso qué ha pasado con los negros en nuestro país? De hecho, el propio Martín Fierro mata a un negro.

Es decir, llegó el tiempo de que comprendamos que el folklore es una herramienta para interpretar el mundo, la vida, y todas las cosas que nos acontecen, las buenas y las malas. Folklore para indagar el origen del cuento del tío; folklore para reflexionar de dónde surgió aquello de “la viveza criolla”; folklore para advertir qué tipo de construcciones albergan a la vinchucas, las que transmiten el mal de Chagas; folklore para entender que la mirada infinita de un hombre de llanura es distinta a la de un vallista, que siempre siente la orfandad de horizontes; folklore para resolver nuestros dolores, folklore para comprendernos y ser, definitivamente libres


 
 
 

 

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