“En fragante mudanza el limonero/ destaca tu rubor. / Tú no sabes, amiga, pero hueles a limonero en flor.” – escribió el poeta santafecino José Pedroni
Limonero: antigua discusión del verde y amarillo, que siempre gana la belleza, porque la lluvia parece equivocada en sus frutos que amasan soles provincianos (que apenas pretenden iluminar la galaxia del patio)
¿Será el limonero, el árbol de la memoria? ¿Corresponderá su amarillo a la vejez de los libros o tan sólo será el mismo sol secreto del pan o del silencio del anciano? ¿Será el limonero el patrimonio universal de la infancia?
Limonero: imperio del aroma, primera patria de la fragilidad, en tus funerales del día, los obreros del sol entonan sus suaves himnos, en tu noche el eclipse se hace árbol. Limonero: alboroto de luz, en la memoria de los hombres, dominas el lenguaje del domingo y la abuela; dueño de la tarde de querencia, aunque por las mañanas tus frutos confunden la aurora
De aquellos azahares/desatados/ por la luz de la luna,/ de aquel/ olor de amor exasperado, / hundido en la fragancia/ salió/ del limonero el amarillo/ desde su planetario bajaron a la tierra los limones” Oda al limón, Pablo Neruda
Los niños pertenecen a la cofradía secreta del limonero, allí donde se congregan los ladrones de pájaros y los sacerdotes paganos de la siesta, allí donde se repara la primavera, allí donde la telaraña del mundo renuncia a su mandato de insecto
La muerte encontrará muertos a los que no se hicieron confidentes del limonero, a los que no se sumergieron en sus cuatro estaciones y se dejaron convencer por la gris tiranía del invierno, porque el limonero devela la antigua profecía del amarillo, y generoso, nos ofrece los otros soles de la infancia
“El limonero lánguido suspende/ una pálida rama polvorienta/ sobre el encanto de la fuente limpia, / y allá en el fondo sueñan/ los frutos de oro...” - Antonio Machado
¿Será el amarillo del limonero, el sepia que nos persigue toda la vida, el mismo que regresa en las cartas viejas, en las antiguas fotografías, en las tazas de café que tomamos en tardes solitarias, en los ojos del anciano que nos confiesa: “muy tarde, he aprendido, los secretos de la vida”?
¿Será el amarillo del primer limonero el que se cuela en los anillos de las viudas, en los trajes de novias de las ancianas, en los pupitres del Normal 1 de Quilmes, en los andenes donde siempre se agitan los pañuelos de las despedidas?
Como los amantes componen el olor del amor, y los muelles el perfume de la oxidada nostalgia, el limonero nos enseña el aroma de lo que hemos venido a buscar, el sabor de lo que nadie jamás, podrá robarnos
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