Los ríos acuden. Por Pedro Patzer
Los ríos acuden en el canto, los ríos invaden el cancionero popular argentino.
Letras hechas con el barro del Paraná, poemas construidos con las piedras solitarias del Limay, palabras secas del Atuel, versos de pájaros del Uruguay.
“A veces soy como el río/ llego cantando/ y sin que nadie lo sepa, viday/ me voy llorando” escribió Atahualpa Yupanqui en Piedra y Camino. Y esto es como un manifiesto: de tanto imitar el cantor al río, el río comienza a imitar al cantor “Adónde vas que no vienes/ conmigo a empujar la puerta/ no hay campanario que suene/como el río de allá afuera” advierte Armando Tejada Gómez, en Coplera del Prisionero, donde invita a los náufragos de tierra, a los náufragos de calabozo, a dar el paso, a entregarse al gran río, el que siempre suena allá afuera.
Ramón Ayala, en su Pan del agua, denuncia: “ah, la vida es un río bravo pescador” y sin quererlo, el poeta misionero despierta la envidia de Sartre y Shakespeare, y de todos los filósofos y poetas existencialistas.
El uruguayo Aníbal Sampayo, recobra la vieja discusión de los ríos equivocados:
“El Uruguay no es un río es un cielo azul que viaja”; Miguel Saravia señala al río como el último centinela de la soledad, cuando dice: “El río te vio pasar; puede ser que vuelvas algún día”.Borges estaba enamorado de la idea que Heráclito tenía del río, aquella que lo veía como la gran medida de lo eterno: “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río”, quizás por esto Jorge Luís, le dedicó los siguientes versos: “Es inútil que duerma/ Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano/ El río me arrebata y soy ese río” El autor de La Tempranera, León Benarós, escribió un poemario llamado: “El Río De los Años”, allí pregunta: “¿Dónde, río, olvidaste/ tanta vida empinada/ que en tu corriente alzaste?” Es justo también señalar a tantos poetas anónimos que a orillas del Bermejo y el Pilcomayo, contemplan cómo los ríos juegan con los cadáveres de los caballos, como si quisieran domar las almas de los animales muertos: “la muerte cabalga el Bermejo, la vida la ve pasar”
Dos ríos sarcásticos, ríos que median entre el Señor de los milagros de Mailín y el Zupay, el río Dulce y al Salado, la vieja broma existencial de Santiago Del Estero. Los Hermanos Ábalos se encargaron de expresar en chacareras lo que pasa por el espíritu de los nacidos entre la paradoja de un río dulce y de uno Salado, el resultado: “Chacarera del Miski-Mayo” (Río Dulce) y “Chacarera del Chachi-Mayo” (Río Salado)
Ariel Ramírez y Jaime Dávalos eligieron cobijar al Paraná en una zamba: “Mojan las guitarras tu corazón/ que por los trigales ondulará/ traen desde el Norte frutal la zamba y a tus orillas la dejarán, para que su voz, enamorada de la luz carnal, arome tus mujeres, Paraná” Horacio Guarany, vencido por la devastadora inundación, decidió escribirle una Carta abierta al río Salado: “Viejo Río Salado / que mal que te portaste/ como un traidor llegaste/ clavando tu puñal/ tu y la lluvia serpiente/ que nunca terminaban/ a Santa Fe dejaban /degollado de sal”
En nuestro país existe un río que limita la frontera de los vientos y las soledades, el río Colorado: “Yo sé bien que hay una tierra mas allá del colorado/ que se hace eco en un grito arisco pujante y macho/ tierra que alarga el camino para el que vive luchando/ por mil razones de patria o por cuidar lo heredado” – escribió Aníbal Forcada
Y para concluir este recorrido por los ríos y el canto, debemos mencionar al Cancionero de los Ríos, movimiento artístico pampeano, nacido cuando la provincia de Mendoza la roba el río Atuel a La Pampa. Curiosamente, este movimiento germinó gracias a un poeta salteño, el universal Manuel J. Castilla, quien al enterarse de semejante atropello escribió Zamba del río robado: "Cuando cortan el Atuel/ queda sin agua el Salado
llenos de arena los ojos/ va lagrimeando el pampeano"
Los ríos nos esperan pacientemente: saben que todos nuestros caminos, que todas nuestras canciones y silencios, que todos nuestros muertos y amores, tienen destino de agua, tienen sino de río.
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