Cuando lo que llaman cultura bosteza, y no hace despertar a los pájaros secretos de las voces humanas, ni consigue que los descalzos anhelen que la próxima canción se haga caminos, como tampoco que los peatones rompan los mapas, y se lancen a buscar los senderos que hay en la mirada del caminante, que ha dedicado su vida a liberar los barcos encerrados en las botellas, o despertar al ángel de la cúpula (que se parece al cielo de cemento, que sólo ha dado corazones de hormigón)
Se hace necesario que el urgente poema de mis hermanos comience, porque mientras se discuten los mismos asuntos culturales que hace cien años, asuntos con acento francés y gestos pulcros,(hablando de escritores tuberculosos que mueren en buhardillas de París, omitiendo que Sixto Palavecino murió con chagas en su corazón, en Santiago) asuntos tratados por los que han hecho de la cultura un ámbito de tipos correctos y aburridos, que citan en hermoso latín (pero que ignoran el quichua y el guaraní) y de señoritas que sólo nos hablan de jazz (y no saben qué es una vidala,) y hablan maravillas del Ulises de Joyce, y se descolocan, cuando inmediatamente se les espeta: “Muy bueno el escritor irlandés, pero, cómo conmueve la poesía de Ramón Ayala” E inmediatamente la señorita sonríe, y pregunta: “¿Quién es Ramón Ayala?” Mientras estas cosas suceden, hay multitudes que ignoran que la cultura popular puede transformar su vida, que la cultura popular puede explicar, sus heridas y sus riquezas. Porque una cultura colonizada, no hace más que esclavos de la realidad, militantes del “copiar” y “pegar” ideas, héroes del mismo estribillo de la gran carencia, esbirros de la vanguardia europea o de la anestesia de los Wachiturros. Porque antes el rock nacional le ofrecía a la juventud un gesto revolucionario, un Charly desesperado exclamando: “...Yo que nací con Videla/ yo que nací sin poder / yo que luché por la libertad/ y nunca la pude tener, / yo que viví entre fachistas/ yo que morí en el altar/ yo que crecí con los que estaban bien/ pero a la noche estaba todo mal. ” o un Spinetta que invitaba a generaciones de argentinos a sumergirse en la Belleza: “...No hay una cuestión que no conduzca al mar...” pero ahora, hay generaciones diezmadas por la estupidez que sólo hace empleados de un sistema, o consumidores del veneno que venden los mismos que dejaron sin trabajo y educación a sus padres.
Atahualpa Yupanqui, manifestó: “El folklore es lo que el pueblo aprende del pueblo, es lo que el pueblo le enseña al pueblo” Una idea hermosa, si se piensa que hemos aprendido del alma del pueblo por el mismo pueblo. Aunque, la cultura popular hoy debe ser aún más valiente, pues han ensuciado al corazón del pueblo, han contaminado sus ríos musicales, sus rituales de querencias, han tomado de rehén a su euforia (buena furia), y así, donde los artistas eran paridos por una necesidad de expresar el mundo, de dar una versión de la vida, según su espíritu, hoy son prisioneros de un relato cultural donde el porqué de la canción, de la copla, de la obra, parece remitir a un estudio de marketing, para algunos y de un informe periodísticos, para otros que quieren resistir haciendo canciones literales (la literalidad es la muerte de la metáfora y el arte debe ponerle alas a la vida, aunque sea una vida complicada)
¿Cómo limpiamos de tanto polvo, al auténtico espejo del pueblo? ¿Cómo hacemos para recordar que es más importante el camino que el dónde se llega? ¿Cómo recuperamos la voz que nos arrebataron? ¿Cómo dejamos que el río nos vuelva a cantar, que el cerro a dar su eco, que la selva nos entregue su misterio, y el desierto nos ofrezca sus secretos? Respuesta: Hay que volver a la fuente. Esto no significa que sólo haya que abrevar en los clásicos; pero sí regresar a la esencia, a la primera necesidad, ahí, donde la vida nos mira a los ojos, donde la verdad no necesita palabras, donde se hace necesaria la trompada de Belleza, donde se torna imprescindible la alquimia (transforman el auténtico alarido del pueblo en una canción, en una copla, en una danza) En definitiva, debemos tener un profundo sentido de nuestra Belleza. Sin embargo esto no es cuestión de retratar paisajes, ni siquiera de estériles gritos, como: !Viva el folklore! Esto nada tiene que ver con el ¡Viva la patria! Esto, amigos, es un gesto de esperanza, el pan de futuro, porque las canciones, los poemas, la danza, no son objetos abstractos, son el puntapié del pensamiento: pensamos como cantamos, pensamos como bailamos, pensamos como creamos, pensamos como soñamos! Y en cada uno de esos pensamientos nos reconocemos, somos el seclanteño que retrata Petrocelli, somos el hachero que describe Manuel J. Castilla, y también somos el cartonero que retratan los jovenes rockeros, o la lucha contra el glisofato, que el nuevo cancionero comienza a señalar.
Por todo esto tenemos que defender lo onírico, defender lo sublime, defender la Belleza, nuestra Belleza, ya que si renunciamos a ella, y nos dejamos apabullar por Wachiturros y compañía, la vida comienza a morir, los mercaderes a ponerle precio a nuestras carencias y el mundo coloca “en venta” nuestras esperanzas.