Los pueblos con ríos no tienen faros, tienen poetas, uno de ellos es Cacho González Vedoya, poeta de la nueva lírica chamamecera, artesano del gesto humano que hace a un pueblo. Su espíritu tiene algo de griego y algo de guaraní, un poco de Homero y un poco de mariscador, cierta brisa del mar de Ulises y del viento barroso del Paraná, algo de la mitología de Itaka y algo de los personajes de Itatí
No es casualidad que Juan Genaro González Vedoya se haya ganado el apodo de Cacho, puesto que su poética le pone apodo a lo cotidiano, trata de che a la vida, hace familiar el misterio que habita en cada personaje de pueblo, Cacho González Bedoya, es de alguna manera, un redentor de paisajes humanos, un juglar que desafía a los cartógrafos, que les advierte: si los mapas no empiezan en los barrilleros, en los campaneros o en los carpincheros, no habrá viajero que consiga llegar alguna vez , al alma de Corrientes
La poesía de Vedoya tiene gesto de los que miran pasar al río y le ruegan que traiga un poco de esperanza, ella posee como una exclamación de los descalzos ante la insolencia de los caminos, la obra de Cacho tiene ademán de comarca
Cacho González Vedoya es lo que Jaime Dávalos llamaría: “un nombrador”, uno de esos artistas que habitan detrás de la copla, tan importantes que comienzan escribiendo los asuntos de su pueblo , hasta que su pueblo acaba representando la propia obra de su poeta: ¿Acaso Itatí no emula el andar de Dominga, la lavandera; o los gestos de Sinesio, el barrilero; de Valdez, el carpinchero y de Nati, el campanero?
Cacho González Vedoya es como todo poeta, un biógrafo del corazón humano
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