“Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y me aventan la garganta” – escribió Miguel Hernández, uno de los mártires de la poesía española.
Desde el principio de los tiempos (o de la eternidad) el hombre ha tenido una relación íntima con el viento, el viento siempre le ha acercado las más paganas plegarias, los más roncos secretos, los ríos de aire de la gran muchedumbre de polvo y horizonte, los himnos de los ausentes, las antiguas canciones del mundo perdido
Los griegos y los romanos tenían dioses del viento: Los Anemoi y los Venti.
Vayu, era el dios hindú del viento, mientras que Fujin, el dios del viento japonés; la Mitología de los nórdicos, nos presenta a Njord como dios del viento y los aztecas a Ehecatl.
Hay algo en el espíritu humano que hace del viento una divinidad, tal vez el nervio poético de cada alma, quizás el pájaro recóndito de cada ser o posiblemente la sospecha de que el viento delata el nombre de los grandes secretos de la vida: “Ya sabrán las auroras entenderse para darme el mensaje de los vientos” – advirtió el poeta riojano Héctor David Gatica. “El viento deja caer sobre la tierra, a través de la brecha abierta, la hilacha de una melodía, el ay de una copla, la breve gracia de un silbido, un refrán, un pedazo de corazón escondido en la curva de una vidalita, la punta de flecha de un adiós bagualero” escribió Atahualpa Yupanqui.
Nuestro siempre requerido León Felipe, anunció: “Yo sé que entre el viento y la luz hay ciertos planes. He oído decir que entre el viento y la luz pueden convertir un gusano en mariposa” Rafael Alberti, exiliado en Argentina, escribió: “El hombre, como la sombra/ del viento que viene y va” Juan Ricardo Nervi, describe la singularidad salvaje del pampero “…Si usted no ha esta´o por aquí / no sabe lo que es el viento” aunque Tejada Gómez hace lo propio con el Zonda: “Caudillo del clima/la luz lo ve bailar/loco en la pollera/de la inmensidad”
Pareciera que el viento fuera en busca de la otra belleza: intentara ver qué hay debajo de los nombres, sacarle el alma a los árboles, el traje de polvo a los caminos. El viento busca algo, quizás lo mismo que el pintor que enfrenta a la tela en blanco, o el músico que amenaza al silencio con su instrumento, o la solitaria campana que intenta despertar al viejo corazón del domingo.
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