Resulta muy difícil de catalogar este disco en una primera escucha. Hay canciones que se acercan
a la milonga, a la cumbia, al rock, a la zamba, pero nunca cumplen formalmente con todos
los “requisitos” necesarios para ser incluidos dentro de un género. La sensación es que Diego Azar
es como esos niños que desarman un juguete o un artefacto para entender su mecanismo: asistimos
al sobrecogedor espectáculo de ver a las canciones destripadas, con los engranajes a la vista. Se da,
además, el hecho de que el propio artista es conciente de esta situación y lo expone: es evidente esto
en Canción sin maquillaje, una de las joyas de ese disco, y en Finales de comienzos.
El resultado es un trabajo potente, en el que cada tema es un mundo poético aparte y que sin
embargo guarda una enorme coherencia con el resto del disco. Lo primero que llama la atención al
comenzar a girar el CD es la voz de Azar: en Cumbia mambera, track de apertura, nos remite por
igual al timbre nasal de los murgueros montevideanos y a los payadores suburbanos. Esa mezcla
también nos trae reminiscencias de Fernando Cabrera y, más lejanamente, de Zitarrosa, pero
de a poco se irán atenuando, a medida que vayamos conociendo más la manera de expresarse de
esta nueva voz. Pero la voz de Azar no trabaja en un solo registro, puede hacerse más rockera
como y hasta citar a los Beatles, como en Finales de comienzos, o dulcificarse como en la Zamba
de estrellas. Hay en estas canciones cierta ternura contenida que nos recuerda algunas canciones
de Eduardo Mateo, en algunos giros (sin duda el Mateo de Cuerpo y alma o el de sus primeras
canciones, no tanto el de los extrañísimos discos finales). Siempre resulta complicado definir a un
artista “nuevo”.
Fuente: Epsa Music
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