Hay una imagen, quizá la más contundente, fuerte, que quedó en la retina de quien firma estas líneas: la sonrisa dibujada en la totalidad de los integrantes de esa gran marea humana que en la Ciudad de Buenos Aires festejó el Bicentenario de la Patria. Esa sonrisa, que al caminar entre cuerpos de adultos, jóvenes y niños se repetía por miles, lleva implícito el clima que tuvo durante los 5 días la convocatoria. Como en aquel 1810, Buenos Aires fue sede de la mayoría de las actividades alusivas al hoy festejo -ayer luz de libertad-, aunque en cada provincia se festejó el Bicentenario.
El denominado Paseo del Bicentenario, -emplazado sobre el largo de la Avenida 9 de Julio desde la calle Corrientes hasta San Juan- fue el centro de diversas actividades culturales, desfiles, muestras, recitales y presentaciones espontáneas de artistas. Una gran infraestructura montada sobre la calle Carlos Pellegrini cobijó 42 stands, entre los de las provincias argentinas, entidades oficiales como Cultura o Derechos Humanos y argentinos en el extranjero -la llamada provincia 25-. Llegando al extremo opuesto al Obelisco, los trenes antiguos fueron una de las mayores atracciones para el público.
Los pasillos centrales fueron ríos de gente cuyo devenir viraba hacia cada lugar, convirtiéndose en filas kilométricas para entrar a disfrutar de lo que ofrecía cada posta.
Sobre la calle Cerrito, en cambio, había otra combinación, que entremezclaba olores y sabores de las provincias y del mundo (desde chipa hasta empanadas salteñas y tucumanas, chucrut, ensaimadas, dulces de los valles, tamales, vinos y licores, chivitos, embutidos y alfajores cordobeses, esparcidos por las manos de quienes quisieron probar todo). Una joven con un gran tarro de dulce de leche artesanal convidaba a los chiquitos el viernes 21, mientras unos pasos más adelante, las asociaciones de helados artesanales regalaban vasitos de distintos gustos.
Insertados entre los stands gastronómicos y cortando en lo alto las pequeñas estructuras, se montaron escenarios replicando al principal -ubicado en la Plaza de la República- en menor escala, donde sin solución de continuidad, había rock, folklore, delegaciones provinciales, ballets, teatro, copleros, tango y poesía.
El viernes, cuando todo comenzaba allá por las 18 horas, se escuchaba un fragmento del Martín Fierro, en la voz y el alma de los actores Víctor Laplace y Lito Cruz.
De ese mismo lado de la avenida, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo tuvieron el mayor número de visitas en sus respectivos espacios. La emoción embargaba a quien los transitara. De espaldas al Obelisco, se instaló el gran escenario, el mayor, y a sus espaldas las pantallas gigantes que transmitieron el partido de fútbol amistoso de Argentina con Canadá, previo al mundial.
Sobre las calles laterales, hacia la Plaza de Mayo, el tránsito humano era un poco más fluido, pero no menos multitudinario. Hacia allí iría la marea de gente el día 25 a homenajear por enésima vez a la patria con un espectáculo frente al Cabildo.
Hubo decenas de desfiles que implicaron el reflejo de la historia con autos antiguos, delegaciones provinciales, trenes, aviones, militares, colectividades y el inicio de una carrera de turismo de carretera con más de 100 autos.
A medida que transcurrieron los días de festejo (del viernes 21 al martes 25 de mayo), se sucedieron imágenes, momentos, multitudes, rostros, tonadas, acentos, idiomas y lágrimas. Gritos de felicidad y sorpresa y aquella imagen grabada en la retina que no desaparece, ni desaparecerá jamás: la felicidad dibujada en miles de rostros, dispuestos a disfrutar del Bicentenario, en libertad.
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