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Segunda Luna. Jueves 21 de enero
El cierre no hizo la noche

 

Paola De Senzi desde Cosquín

Hasta entrada la madrugada –tres de la mañana-, la noche del jueves, segunda luna de este Cosquín del cincuentenario pintaba ser una de las mejores. Por la variedad y calidad de artistas a la que apostó la comisión para esta cartelera, de lo mejor de la música popular.

Y lo fue: abrió Víctor Heredia, que con una platea medianamente poblada desplegó su repertorio de canciones, presentado por un Miguel Ángel Gutiérrez nuevamente emocionado al comparar ese comienzo con momentos de Mercedes Sosa y Jorge Cafrune. Otras épocas, otra plaza, la misma impronta que resalta la identidad de los pueblos: “Taky Ongoy” junto a “Veinte mil años patria” dieron cuenta de ello. “Sobreviviendo”, “Ojos de Cielo” y “Todavía Cantamos”, “Coraje” y “El Viejo Matías”, y un adelanto de lo que sería una de las dos visitas internacionales de la noche: en charango, para “Bailando con tu Sombra”, Horacio Durán. El mismo que junto a la formación original de Inti Illimani, convocaron a la historia. Recordar la maravilla instrumental de “Alturas”, la poesía de “Lo que más quiero”, “La Fiesta Eres Tú” y la bella–el homenaje a Mercedes– de “Un son para Cándido Portinarí”. No hubo lugar de la plaza en que la invitación al baile no surgiera y continuara con “Samba Landó”.

Antes de los chilenos, un joven artista surgido de la selección del pre Cosquín en el rubro solista instrumental –Federico Pecchia-, se armó del un posible título de revelación gracias al talento desplegado. No en vano las palabras de Marcelo Simón, fueron elogiosas para el.

Volviendo a Inti Illimani, quien otro que Minino Garay para seguir con la plaza de pie. El cordobés radicado en Francia puso en marcha el sonido de los tambores, y dejó el lecho del escenario preparado para la delegación de la provincia de Formosa, que luego de cuarenta años devolvió al escenario de Cosquín a Saturnino López, revelación masculina del Festival de Cósquín en 1964.

Trova rosarina, sinónimo de Jorge Fandermole y viceversa, y aquellas “Coplas a la Luna Llena”, “Oración del Remanso”, “Canto Versos” y “Carcará. Poesía de la que hace falta, esa que estremece el alma de los que todavía se emocionan, a la luz de poetas como él.

En la línea interpretativa femenina, Paola Bernal, sin dudas una de las mejores artistas de los tiempos que corren, nacida en esta ciudad, anfitriona -lo hace saber en medio de su presentación, dando la bienvenida algo emocionada al público-. Su presentación, “Una mirada a Latinoamérica”, se nutrió de las canciones “Piedra y Cielo”, de Yupanqui, “Morir de vez en Cuando” de Paulo Leminfki y Jenny Nager: “ya me maté hace tiempo, me maté cuando el tiempo era escaso” frasea en estado casi lisérgico la coscoína en el bombo. Junto a ella, Tití Rivarola en guitarra, Paublo Jaurena en bandoneón, Belén Ghioldi y Walter Domínguez en danza y las imágenes de Federico del Prado, transmitiendo en esos rostros latinoamericanos el sentido de las canciones. Más: “Voy Andando”, de Peteco Carabajal, y la bellísima “Los Hombres son Como los Ríos”, cerraron los minutos de magia de la Bernal.

Raúl Palma, el Grupo Quebracho y Quique Ponce, cada uno homenajeandosu provincia (Salta, Jujuy y Buenos Aires), hicieron las veces de fuelle para que Arbolito desplegara toda su vorágine musical en media hora de espectáculo. Con Verónica Condomí de invitada y el Ballet Amerindia poniendo color a la puesta en escena, los muchachos de Avellaneda una vez más repasaron la lista de elementos que deben tenerse en cuenta para lograr trascendencia y respeto: la cuestión social impregnada en huaynos, chacareras, algo de rock, reggae, una definición que a la banda le cae en cualquiera de los puntos cardinales que forman la banda de Agustín Ronconi y Pedro Borgobello. Imposible dejar quietos los pies y la mente en blanco. Suma de buenas intenciones. Y una posible consagración, quizá compartida con la Bernal.

La presentación del Ballet Camin jugó de preludio para lo que pintaba ser el cierre más emocionante de la noche. Existió ese momento, claro, al ver una historia de trova cubana sobre el escenario. Se perdió en las buenas intenciones, dentro de una enfermedad, que Milanés padece por estos días y que lo obligó a acortar el tiempo de su actuación. Entonces fueron minutos escasos –treinta- de algunos clásicos como “Yolanda”, “Si ella me faltara alguna vez”, o “Días de Gloria”. Faltaron tantos otros que la plaza quizo escuchar pero no pudo. No hubo posibilidad de regreso. Hubo disculpas al caso de parte de los presentadores y la consiguiente comprensión. Por suerte, por lo anterior, (por Fandermole, la Bernal, Arbolito, Heredia, Pecchia, Inti Illimani y hasta Raúl Palma), la luna del jueves fue para el recuerdo.

 
 
 
 
 
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