Noche despejada, cálida, estrellada. Un rato antes, promediando la tarde, el valle coscoíno que alberga todo el folklore, era otra postal: cielo gris, relámpagos tras las montañas y lluvia. Viento de tormenta.
De repente, la postal se convirtió en aquella noche de estrellas. A la santiagueña, o tal vez a la salteña. Podría ser cualquiera de las dos, aprovechando la banda de sonido de la séptima luna. La programación era auspiciosa, y a medida que transcurría, daba cuenta de ello.
El comienzo, con Peteco Carabajal remontando su barrilete por una aldea de canciones que viajaron desde la chacarera santiagueña al mediterráneo ya dejó vislumbrar lo que vendría durante la noche: el aplauso retenido ante cada uno de los números que musicalizarían la jornada.
Porque cada artista que pasó por el escenario brindó el espectáculo que el público quiso ver. A pesar de la impaciencia del final, un setenta por ciento de la plaza ocupada a las cinco de la mañana, dio cuenta de que la gente estuvo interesada en toda la programación.
Lo que vendría luego de Peteco, apuntaría el extra del recuerdo: las platenses de “Fulanas Trío”, dejaron un repertorio interesante, que concluyó en “La Jardinera” de Violeta Parra; el ballet Brandsen impactó desde la coreografía y el vestuario, al igual que las delegaciones de Colombia y la de Salta que, aplaudida como pocas veces, dejó más que conforme a la platea. Grupos vocales que hoy por hoy suenan fuerte: Los 4 Rumbos y Alma de Luna junto a Paola Arias, el dúo Orellana- Lucca (antes Terral, más antes Presagio) hicieron las veces de visagra entre los “tanques” de la noche. Estos fueron, a saber: Horacio Guarany que aprovechó los minutos de su regreso al escenario de Cosquín: habló, cantó, y opinó, cumpliendo con el tiempo que le dio la comisión en una nueva “despedida” de los escenarios. El homenaje a Hugo Díaz, traído desde Buenos Aires – donde debutó hace pocos meses- con Mavi Díaz a la cabeza y acompañada por Raúl Carnota, Marian Farias Gómez, Koki y Pajarín Saavedra, Peteco y Franco Luciani. Segunda aparición de Peteco sobre el escenario en el justo y correcto homenaje a Hugo.
Otro homenaje, esta vez a una dama de las letras, hecho por mujeres: Laura Albarracín, Paola Bernal, la Bruja Salguero y Verónica Condomí, más Georgina Rey en la lectura de textos, repasaron las canciones de María Elena Walsh, y la emoción se extendió por buena parte de la noche, en base al recuerdo que dejaron sus canciones en la voz de cuatro mujeres del folklore que hoy dan que hablar.
Eva Ayllon puso la dosis internacional, al igual que la delegación de Colombia; Tonolec subió en un momento en que la impaciencia por ver a La Juntada se hacía sentir en la plaza. Pero no hubo forma de evadir el talento de Charo Bogarin en voz y Diego Pérez en los samplers. Canciones Tobas, electrónica y sincronismo musical. Excelente amalgama.
Hubo magia en la noche. Hubo un momento en que sólo la luna iluminó el centro del escenario, y una luz tenue aclaró el rostro del Chango Spasiuk. La bellísima impronta del misionero, viajando por las canciones de su último disco, Pynandi, y otros de Chamamé Crudo, más una versión a “su manera” de Kilómetro 11. El tiempo se detuvo en el silencio, manejado por el Chango. Ese chamamé maceta se convirtió en el cenit de la noche. Cerrar los ojos y escuchar, según decidió. Luego, él mismo resumió su presencia en una frase “Estos cincuenta años han sido creados para sostener esta música que sostiene a todo el mundo” quien mejor que él para decirlo.
Ya amanecía cuando Raly Barrionuevo, Peteco Carabajal y el dúo Coplanacu -Julio Paz y Roberto Cantos aprontaron los instrumentos para arrancar con la chacarera “Añoranzas”. La luz primera del día acompaño ese final de fiesta en la Próspero Molina, como hace mucho no se veía: y sobre el escenario, estos cuatro músicos en los que se resume quizá la actualidad de la música santiagueña: la evolución en Peteco y Raly, la tradición en los Copla y el cielo, ese mar de arriba que le devolvía la luz a un escenario iluminado por sus presencias.
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