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El Festival del Malambo consagró un nuevo campeón
Un pueblo que sabe de mudanzas y zapateos

 

Cinco noches separan el comienzo del Festival Nacional del Malambo del sueño cumplido: el de ser campeón nacional. Quién sabe cómo ha vivido esos días el flamante soberano –Mario Hernán Villagra- que ha sido dos veces subcampeón (en 2009 y 2008), a un paso de la gloria. Pero este apuesto morocho catamarqueño de pelo largo y barba abundante, con las características que el jurado necesitó para consagrarlo, lo ha logrado y respira tranquilo, con el galardón en la mano.

Atrás quedo una semana de ensayos en la madrugada y de transpiración en las siestas al ritmo de los 40 grados de sensación térmica que derritieron a Laborde en los últimos días. Villagra es parte de un engranaje que contempló este año a 23 delegaciones –sólo faltó Tierra del Fuego, que no pudo llegar por razones económicas-, con algo más de cuarenta integrantes cada una. Y Mario Hernán es un granito de arena en un mar que convierte al Festival Nacional del Malambo en un evento de lo más interesante.

El más argentino de los festivales, según dice el slogan, es también el más atípico, por su funcionalidad, su aceitada organización, el inmenso Parque Nacional de Malambo acondicionado especialmente (que se utiliza sólo para en esta época) y porque, contrariamente a los más de 500 festivales que transcurren en el verano argentino, no se nutre fundamentalmente de la presentación de números musicales consagrados sino de lo que desconocidos bailarines traen en sus botas.

El público disfruta del artista principal, aplaude, baila y canta, pero una vez que finaliza, permanece hasta el amanecer viendo las competencias. A diferencia de otros, hay un sólo artista por noche en jornadas tan extensas como las de los festivales. El silencio que precede a la arenga en cada mudanza, eriza la piel y se multiplica por cuatro cuando los cuartetos se presentan; y más aún si campeones de años anteriores forman parte de esas formaciones de baile.

Se mide en ternura cuando en la categoría infantil suben a competi rfuturos malambistas. Se agiganta cuando se acerca la final. Y ahí nomás, la platea es un estadio de fútbol, con hinchada incluida, apuestas y discusiones, sobre el paso de cada mudanza. Y otra vez prima el silencio, antes el tarata ta ta. Que marca el ritmo de esos pies que traen consigo el sueño de ser campeón. Eternamente.

 

 
 
 
 
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