Humahuaca a la tarde casi siempre se pone ventosa. Es el viento puneño, que parece tener un reloj despertador que arranca de la siesta a los habitantes de ese pueblo, que por estos días se encuentra revolucionado. Ya comienza el carnaval: el jueves ya será día de comadres, y entre el viernes y el sábado, el desentierro.
Todos hablan de eso, y mientras se preparan, ensayan con este encuentro de unos con otros traducido en el término Tantankuy.
Hubo dos jornadas musicales -la del lunes 8 y martes 9 de febrero- signadas en buena parte por un orden-no-pautado que arrasó con cualquier teoría de cómo hacer que las cosas salgan bien sin mediar sponsors o coronitas. El respeto mutuo entre los artistas -que participaron sin cobrar un centavo en cada una de las noches- fue tal que todo se realizó en tiempo y forma.
Las actividades culturales, signadas por la relación del hombre con la raíz, y por todo lo que implica doscientos años de historia de este país, llevadas a cabo durante los dos primeros días -sábado y domingo-, tuvieron de todo: cine hecho por niños, talleres, plástica, charlas y debates. También hubo una escapada a Hornaditas (a cinco minutos de Humahuaca), donde una familia promueve el turismo rural de una forma casi artesanal e invocando las costumbres ancestrales. Allí estuvieron músicos, periodistas, artistas y hombres de la cultura en una corpachada y un mini carnaval -con harina y coplas- que se extendió hasta que el viento comenzó a soplar. Por las noches las guitarreadas improvisadas seguían la línea, hasta el amanecer.
Eso es Tantanakuy. Como lo soñó Jaime Torres, como lo apoyó Jaime Dávalos, como lo impulsan bien los hijos y la esposa del tucumano (Juan Cruz, Soledad y Elba), los incansables trabajadores de este encuentro válido como tal, donde se aprende, se llega a lo más profundo de la tierra y se vive de la única manera posible: intensamente. |