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21º Fiesta Nacional del Chamamé: Para gritar a los cuatro vientos
 

 

 

 
17.01.11 . Desde Corrientes
 

Mientras la última luna festivalera alumbra el escenario Sosa Cordero del anfiteatro Cocomarola, en el momento en que Mario Bofill cante y cuente sus historias de pueblo con olor a poleo, se habrá cumplido un poco mas de una semana de permanencia en la vida de los correntinos (y tantos visitantes del interior del país y el extranjero) otra edición de la Fiesta Nacional del Chamame y 7ª del Mercosur.

Un año en el que desde la organización, se apostó con todo a este evento, para apuntar a convertirlo -ya lo es- en uno de los más importantes del país.

La fiesta tuvo todos los aditamentos que la palabra sugiere: hubo baile,música, río, sol, emoción, calidez y un sinfín de momentos que quedaran por siempre en los oídos y las retinas de quienes la vivieron.

Hubo una rave electrónica en tiempo de chamamé, en la previa de la Fiesta, -el sábado 8-, en la que numerosos grupos que integran las nuevas tendencias en la música popular, se dieron cita ante una multitud ávida de experimentar.

Hubo, durante los días de la fiesta, una peña oficial en continuado donde nuevos valores se presentaron cada noche para sorprender a quienes aún querían más, luego de transitar horas en el Cocmarola.

Hubo una gran bailanta, en la localidad de Riachuelo, desde la mañana temprano y hasta la caída del sol, justito donde el puente Pexoa hace sombra desde antes de hacerse famoso por la chinita que besó el autor de la canción.

Hubo cultura, mucha, en las calles céntricas de la ciudad, durante el día. Museos de puertas abiertas que mostraron luthiers; historias de la yerba mate y atuendos de numerosos artistas chamameceros, que cuentan por sí solos la historia de un ritmo que representa a una provincia -y a un litoral- como pocos. Hubo foros de cultura, charlas, debates y clases abiertas de baile en las plazas.

Hubo un permisito para una chacarera y una zamba, para los gaúchos de sur del Brasil, para las arpas del Paraguay.

Hubo un anfiteatro colmado todas las noches, cerveza helada y fernet en heladeritas playeras repletas de hielo. Hubo aplausos y lágrimas de emoción, sapucay autentico y baile de campo.

Y todo regado por esa música maravillosa, cuyo tempo mece las aguas del Parana, que también estuvo allí presente, y que hoy, cuando Mario Bofill toque el último acorde, se llevará el recuerdo para siempre, de una fiesta para todos los sentidos.