Aún el más acérrimo defensor del folklore tradicional, tuvo que haber asistido ayer a la quinta luna coscoina. Debió haberse asomado por unos minutos a plaza Próspero Molina y descubrir a esa multitud que jamás se había visto colmar la plaza. Aún el más comprometido con el folklore, debió haber estado en la noche en que Carlos “La Mona” Jiménez, luego de 24 años regresó al escenario Atahualpa Yupanqui para saldar una deuda que había comenzado allá por el año 1986, cuando a pocos minutos de subir a escena, el fervor y los desmanes del público determinaron la suspensión de la fiesta.
Es probable que con estos datos, el defensor del folklore tradicional comience a pensar de qué va la cosa.
Es cierto que para algunos la presentación de La Mona en Cosquín era un aborto a la grilla obligatoria de zambas y chacareras. Pero uno busca en el recuerdo del festival alguna plaza llena y entusiasmada, como la de anoche y no la encuentra. Cosas del folklore, de las boleterías, de los artistas, de la convocatoria, el ida y vuelta con el público, de las propuestas, la grilla, los artistas que cantan para ellos mismos.
La Mona Jiménez anoche cantó para la gente. Les habló, manejó a la gente para que todo sea una fiesta y -por ejemplo- no se trepen al escenario, no cometan el mismo error que hace 24 años obligó a suspender. Para que canten y dejen cantar y bailar. Y el público le hizo caso. Por lo demás, uno puede decir ¿el cuarteto es el folklore cordobés? A esta altura, ya entrada la mañana del día siguiente, poco importan las conjeturas y los análisis. Porque la conexión entre Mona y público se analiza desde un lugar distinto a todos. La pasión.
Cerca de las dos de la mañana, Los 4 de Córdoba arrancaron con los acordes de “Zamba de Alberdi” y La Mona, vestido de folklore, recitó los versos del Chango Rodríguez, para luego sumarse al grupo con “Amándote”, de Jaime Roos. Luego se quitó el poncho y despidió a sus presentadores mientras las lucecitas de su traje azul eléctrico se encendieron para dar paso a más de 90 minutos, de cuarteto cordobés, junto a sus hijos como invitados. La vorágine del baile, la banda tocando al palo y con ritmo apresurado y los diez mil que coparon la plaza, con los cuerpos y los brazos estirados hacia delante fueron la postal de la quinta luna.
La imagen de la Mona, era el imán que atraía esos cuerpos inclinados en reverencia. Amor, pasión, leyenda, ídolo, maravilla, maestro, ¡te amo Mona!, eran los gritos que se dejaban escuchar entre estrofa y estrofa de las canciones. Entre el alcohol y el baile. Cuerpos abrazados de emoción, brazos al compás del cuarteto. Caravana de emociones.
Otra historia
La quinta luna coscoina tuvo ingredientes más que interesantes, y eso, por ejemplo fue un alivio para la lista tediosa e interminable de 28 artistas de la noche del domingo. Un recuerdo de eso es la Plaza medio vacía.
Luego de los fuegos, la arenga y las palabras de Marcelo Simón, -que lo presentó como “un muchacho talentoso”- Raly Barrionuevo, detuvo el tiempo sólo con su guitarra en la bellisima “Zamba y Acuarela”, acariciando con sus voz las estrellas recién aparecidas. Luego invitó a la cubana Yusa (toda una revelación sobre el escenario Atahualpa Yupanqui) para cantar con él, ya con toda la banda, (con una mención y un video referidos a la lucha contra la minería a cielo abierto en Famatina que más tarde fue polémica: la televisión pública cortó la transmisión en ese instante), mientras en los versos recitados de “Oye Marcos” también nombró a Cristian Ferreyra el joven campesino del MOCASE asesinado hace unas semanas en Monte Quemado. Luego, dejó espacio para el baile del gran Vitillo Ábalos y su esposa Elvira y para una gran ausente en la grilla del festival: Liliana Herrero, con quien cantó “Oración del Remanso” de Fandermole. Elvira Ceballos, su pianista y amiga se sumó para el homenaje a los hermanos Abalos en el final, en uno de los momentos más altos de una noche que culminaría a puro cuarteto. Con el público de pie, (una vez mas, Raly es EL artista necesario) y el aplauso extendido hasta los bises.
La noche siguió con una lista de artistas (Lucía Ceresani, Facundo Toro, Nacho y Daniel, Roxana Carabajal), que hicieron cantar a la plaza y otros que también fueron aplaudidos por el público entusiasmado, ya cerca de la madrugada. Luego la impaciencia de la gente por la espera, hizo que la comisión decidiera reprogramar algunos artistas para las noches siguientes (Pablo Lozano, Maite, Manduara y el dúo Pancho y Fermín Pereyra)
Sólo Los Manseros Santiagueños pudieron saciar la euforia la gente. Antes de Los 4 de Córdoba, antes de La Mona, antes que la plaza quedara en el recuerdo de aquel acérrimo defensor de las guitarras criollas desenchufadas, los Manseros Santiagueños salieron a demostrar que lo suyo también genera revuelo. Por primera vez en la noche se vieron los brazos en dirección al escenario. Otro imán, pero esta vez desde el lugar sonoro que le corresponde a la Próspero Molina.
Acaso la respuesta esté en buscar el punto justo entre lo que ofrece un artista y lo que quiere el público. Sino, hágame caso, consulte cómo se hace con los protagonistas de la quinta luna. |