Peatones que transitan sobre la calle San Martín, curiosos que comparten un mate en las esquinas cercanas a la Plaza Mayor. La lluvia de la primera noche es sólo un recuerdo. Un perro duerme en la explanada de la Iglesia.
Cae el sol. La gente se amontona en los ingresos al predio. Todos esperan ansiosos los fuegos de artificio, el ballet y las palabras ya mágicas de Fabián Palacios que, como en un encantamiento, abren paso a la música: “Aquí Cosquín” y los aplausos y el locutor que agrega: “Él es uno de los que engrandece el patrimonio de la cultura riojana” y sobre el escenario Sergio Galleguillo entona “El camión de Germán” y en seguida “La taleñita”. Explica, además, que celebra sus quince años con la música.
Galleguillo claro, es hombre y no tiene vestido blanco como las quinceñeras, pero viste la plaza de un simbólico blanco para evocar a la chaya. Papelitos de colores inundan la plaza en lugar de harina. El romance llegó con “Fábulas de amor” y la emblemática “Zamba para olvidar”.
El inicio de esta luna mostró una clara comunión entre el artista y el público. Más allá de gustos y precisiones –o no- la Plaza entera se entregó al espíritu de la Chaya. “Soy un cantor popular y les quiero dar alegrías para matar las penas” dijo en riojano que, en conferencia de prensa, explicó que su provincia está dividida por Famatina. “Los que tienen que hablar todavía no han hablado y la gente se está manifestando” y recalcó: “si el pueblo habla, yo tengo que estar con ellos. Doy mi apoyo a esa gente que está trabajando en la lucha. Ojalá que la unión de los riojanos se pueda conseguir pronto”, destacó el cantante que festejó su cumpleaños número 43 sobre el escenario.
En seguida, un momento de reflexión en torno de la justicia y la memoria. Miguel Ángel Estrella y Lo lamento por la baldosa desplegaron movimientos y sentimientos. Algunas de las Madres de la Plaza sobre el escenario y bailarines que tras la zamba “La pobrecita” ponían sus pañuelos sobre sus cabezas y buscaban a aquellas mujeres, casi como abrazándolas.
Sobre el escenario, y con confusiones que ocurren cada tanto, Palacios presentó a Aymama, pero en su lugar, Pacho O´Donnel y Tarragó Ros deplegaron cuatro capítulos del espectáculo “Pasiones de la historia argentina”. Una huella para Camila O´Gorman y Ladislao Gutiérrez, un vals para Mariano Moreno y Guadalupe y la plaza presenció una clase de historia entre músicas y lecturas.
Tras las disculpas de Palacios, Aymama recortó palabras de la “Milonga de los asados” de Armando Tejada Gómez y las melodías de “La coplera de las cocinas”.
Canto 4 fue uno de los platos fuertes de la noche, con un puñado de canciones que hizo vibrar y cantar a todos los presentes. “El gato del festival” , un popurrí de zambas y atractivas versiones de “La arenosa” o “Recuerdo salteño”, crearon un clima de celebración. “Güemes prócer nacional” se leía en la remera de Facundo Rufino. Ante una plaza eufórica los salteños concedieron un bis con su ya clásica “Sombra herida”. Y cedieron el paso a Omar Moreno Palacios.
Abel Pintos desató, sin duda, cientos de emociones entre sus fans. Conmovido por la respuesta del público, agradeció a la plaza por “recibir siempre mis canciones, las canciones nuevas de otros artistas”. Además, luego de lograr el disco de platino sobre el escenario, confesó: “este es otro sueño cumplido. Gracias por comprar discos originales y defender las fuentes de trabajo que genera la música”. Con la voz quebrada por momentos, el oriundo de Bahía Blanca, se destacó con “La llave”, cantada por todos los presentes. “Cosquín tiene una mística muy especial” dijo Abel que, para cerrar su show, invitó a todos a compartir su “Reevolución”. La canción que nombra a su último trabajo dice: “cada uno es especial y no existe nadie como vos, como yo”. Será que Pintos, demostró, una vez más, que es un artista único.
Bruno Arias desde Jujuy adelantó canciones de “Kolla en la ciudad” y la Delegación de Uruguay homenajeó a su máximo prócer con “Tierra de Artigas”. La noche seguía y también los artistas, llegando con su música hasta el amanecer. Cosquín, como siempre, era una fiesta. |