Ya desde las primeras horas de la tarde, los alrededores de la Plaza Próspero Molina mostraban señas de un paisaje particular: vendedores a viva voz pregonaban “vinchas, almanaques, remeras…” y algunas fanáticas, ya tal vez con el sombrero puesto, con aquel que evoca a su ídolo, decidían completar el atuendo para que no quedaran dudas. Ellas aman a Jorge Rojas. Y la séptima luna sería -como aquella canción de Soda Stereo- una luna roja.
La previa de la jornada, aquel espacio donde los artistas nuevos muestran lo suyo, se fue colmando de a poco. La agrupación vocal La Payana, dejó un puñado de zambas y un grupo de artistas con capacidades diferentes demostraron que la diferencia es un término por demás subjetivo. Dibujaron zambas y agitaron pañuelos como todo amante de las danzas nativas.
Las fanáticas de Rojas se acomodaban, buscaban sus asientos, agua para el mate y por supuesto llevaban sus carteles bajo el brazo. Algunos consignaban simplemente sus zonas de procedencia. En otros podían leerse declaraciones como “Jorge quiero bailar una chacarera con vos”. Ya avanzada la noche, el nacido en Cutral Co contestó entre risas “va a estar un poco complicado”
Lo que no fue para nada complicado para Rojas fue hechizar a la plaza con sus canciones que mezclan el folklore argentino con el latinoamericano y las melodías que se parecen tal vez a los boleros que rescató en su momento Luis Miguel. Pero claro, Rojas tiene, entre otros méritos el de compositor, arreglador y productor. El hombre orquesta consquistó a la plaza de la mano de sus hermanos Lucio y Alfredo y una banda que, quizás coquetee en los arreglos con el rock sinfónico. Sergio Pérez despliega unos solos que nada tienen que envidiarle a Steve Vay y el Monito Banegas sorprende con su virtuosismo entre las seis cuerdas de su bajo, con slap, tapping y progresiones armónicas poco comunes en el género.
Rojas tocó más de lo previsto, para alegría de sus seguidores y dijo ante la Plaza repleta “es un honor, un placer -como siempre- tener la oportunidad de estar en este escenario una vez más, estar en este lugar lleno de magia. Gracias por acompañarnos. Va a ser un placer”. Con canciones como “La vida”, “Marca borrada”, “Flores negras” o “Saya sensual” la plaza vibró de principio a fin.
En seguida, desde Chubut, Leonardo Miranda dejó algunas huellas del sur, donde el sentimiento por su región pudo más que algunos problemas de afinación.
Guitarreros, finalmente se dio el gusto de abrir la noche cantando el himno a Cosquín antes del tradicional grito de Fabián Palacios. El grupo salteño volvió al escenario que los consagró en 2010. Con un repertorio que reunió a “La maza” con “Canción con todos” o “A Monteros”, entre otras la noche fue una fiesta con acento salteño.
Amboé dejó su huella chamamecera y la Delegación de Santa Fe tuvo por protagonista a Soledad que entonó “Coplas de la orilla”, “Rosario de Santa Fe” y hasta la canción patria “Aurora”, que muchos corearon con emoción.
Ángela Irene enamoró pañuelos con su sentida versión de la “Zamba del carnaval” y en seguida la luna se vistió de chacarea. Cuti y Roberto Carabajal llegaron al escenario mayor y junto a Peteco rasguearon algunos himnos santiagueños como “Déjame que me vaya” o “Puente carretero”.
La jornada siguió con las propuestas hondas de Orellana-Lucca, María Eugenia Fernández. Joel Tortul Trío se destacó con un formato de piano, contrabajo, batería y percusión. Los instrumentistas recorrieron la música argentina al piano con una estética anclada en el folklore y el tango, pero potenciada por las influencias y los códigos del jazz y música clásica. La séptima luna le daba paso así a melodías de gran elaboración. La noche entonces celebró esa comunión de los éxitos de antaño con las nuevas formas que visten a la música popular argentina que es una música que plural, plagada de diálogos que la enriquecen.
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