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El Proyecto Kuntur
Changuitos preparándose para volar
 
Segio Lobo y los chicos del Proyecto
 

 

 

 

Son las seis de la tarde en Retiro. Hora pico, ómnibus repletos de gente y un calor húmedo que levanta el asfalto.
A pocos metros de la Villa 31, en la parada de colectivos, un tumulto de changuitos se confunde con la fila de espera. Rodean al "profe" Sergio Lobo, que está regateando el precio de unos quince boletos. Es que la cuenta daba más barato pero el trayecto no era para el mínimo y resulta que ahora el boletero pasa el valor a uno veinticinco.
En pocos minutos la cuenta queda en lo justo y el grupo emprende el viaje. Son 15 minutos nada más, hasta el Centro Nacional de la Música de la calle México, en San Telmo, donde el Ballet Folklórico Nacional brindará un espectáculo gratuito basado en danzas latinoamericanas.

La otra aventura comienza. Cuando se apagan las luces, aparecen los ojitos inquietos de estos chiquitos de tres, cinco, doce años que –contra todos los pronósticos- no se movieron un sólo minuto en las dos horas que duró la presentación. Y en el final los aplausos eufóricos, la alegría, la ilusión de “ser como esos bailarines cuando sea grande” y el abrazo al profe, que en medio de los apretones de esas personitas menudas, se ve feliz. “Todo salió bien” dice.

Sergio Lobo es percusionista de Jaime Torres, músico y bailarín.
Alumno del IUNA (Instituto Universitario Nacional de Arte), cursa el último año de la Licenciatura en Composición coreográfica para Comedia Musical, y pr la tesis final, la consigna era armar un proyecto solidario que tuviera que ver con la actividad a desarrollar y a Sergio se le ocurrió que bien podía ser una buena idea crear una obra de teatro que tuviera que ver con las culturas originarias, según él mismo cuenta: “Teníamos que hacer un trabajo que tuviera algo solidario y a la vez, artístico. Se me ocurrió que sería bueno armar una presentación relacionada a las culturas originarias. Pero no quería que participen actores comunes, sino gente que realmente perteneciera a esos lugares. Así nació Kuntur (cóndor en quichua)”

La 31 a las cinco de la tarde, es un hervidero. Se ve llegar un tren y se vuelve a poblar la calle de acceso a ese monstruo convertido en ciudad dentro de Buenos Aires. Al ingresar, lo que uno imagina desde afuera, se multiplica en la realidad. Bares, peluquerías, almacenes, supermercados tiendas de ropa. Y un permanente olor de extraña combinación entre frituras del norte, condimentos, chipa y cemento fresco. Esto último, ingrediente fundamental de la obra de albañilería que hace crecer a la villa complusivamente. Hacia arriba. Tres, cuatro cinco pisos con balconcito y terraza. Avenidas que son pasos obligados de todo el barrio y pasajes devenidos en calles dan cuenta de la magnitud de este asentamiento que comenzó a poblarse 1930, con obreros desocupados surgidos de la crisis del 29.

Sobre la calle principal, a la izquierda se levanta un enorme tinglado, que oficia de refugio para actividades varias. Allí se practica taekwondo, gimnasia, se realizan fiestas y funciona como boliche a veces, y allí Sergio Lobo y sus chiquitos inventan todos los viernes y sábados, un sueño que va tomando forma.

"Al principio me planté en un lugar de la villa y empecé a bailar solo. Se fue prendiendo la gente. Algunos venían a curiosear y luego empezaron a venir seguido, entonces decidimos levantar una carpita. Luego nos ofrecieron este tinglado y todo comenzó a tomar más forma. La idea es que esto siga con otros chicos del IUNA en los próximos años, dejar una esquela para seguir trabajando. Acá los nenes vienen porque les gusta, los traen los papás o los tíos y también se quedan. Obviamente no cobramos nada y les enseñamos folklore básicamente, pero también capoeira, y algunas ideas de clásico. Y les damos la idea de que la danza es un trabajo como cualquiera, del que vive mucha gente."

Cintia es la más inquieta. Tiene ocho años y no para de hablar y contar todo lo que hace, mientras su cabeza sigue apoyada en el piso, en vertical y al revés del mundo. De reojo mira a Pablito, quien según dicen sus compañeros es buen zapateador. Tiene la misma edad de Cintia.

Johnatan es el personaje. A los diez años sabe bailar chacarera malambea como nadie, aunque su vestimenta representa a un perfecto cantante de reggaetón: cadenas al cuello, gorrita, anteojos de sol. La más chiquita, Belén tiene tres años y tanto en la villa como en la presentación del Centro de la Música, su actitud de atención sorprende. La mamá cuenta: "siempre la llevábamos a ver las clases y no se quería ir. Ahora la trajimos y no la podemos sacar de acá, se la pasa bailando. Cuando le preguntás qué quiere ser cuando sea grande, dice: bailarina."

El aire politizado de la vida y las circunstancias sociales inmersas en semejante mundo, no escapan al grupo, por eso a veces hay deserciones, o cambios drásticos de integrantes en el grupo. Sergio dice: "Ahora son unos doce chicos, aunque depende de la circunstancia del día. No siempre los dejan venir, o a veces si llueve se les complica trasladarse. En realidad cuando empezamos, éramos más, luego nos trasladamos hacia el otro lado del barrio, donde está a iglesia del Padre Mujica y muchos de los que nos visitaban, no vinieron más. Ahora pasó lo inverso. Este lugar es un mundo aparte y hay mucho celo, políticas y bandos contrarios. Nosotros tratamos de no involucrar eso en el trabajo, pero a veces se complica."

En esta aventura, Sergio no está solo. Lo acompañan Mauricio y Pablo, un grupo de profesores y una antropóloga que está investigando danzas originarias en la Villa. Mauricio Tiberi es compañero de Sergio en un dúo llamado Kakán, que presenta un espectáculo de danza y música folklórica argentina y afro-americana. "Los chicos se acercaron para ver que onda y no se fueron más. Nadie está obligado a quedarse a trabajar, pero si lo hace lo debe tomar como compromiso, y ellos lo entienden así."

Además de la incursión a la presentación del Ballet Nacional, los niños han participado en semanas anteriores, de clases de danza en el IUNA.
"La idea es llevarlos a conocer como se estudia y trabaja la danza y que tomen conciencia de que hay gente que trabaja de esto. Creo que eso es importante. Ya entendieron que yo trabajo y vivo de la danza. Y cuando les enseño, además del juego está la disciplina. Los dejo expresarse y ser libres pero les pongo reglas para hacer la tarea o practicar. Es una forma de inculcarles la danza como un oficio más, igual que el de obrero, albañil o diariero."

Ya entrada la noche, el grupo sale del centro de la música en medio de comentarios sobre las bailarinas, la escenografía y el vestuario. Algunas mamás también tuvieron su debut como espectadoras y ya preguntan –tan entusiasmadas como los nenes- cuándo hay otra función para volver. Nuevamente a tomar el colectivo que los regresa a casa. El olor a cemento fresco ahora cambia por el de comida, aromas de frituras del norte más intensos. El tren de gente de la calle principal de la 31 sigue su ritmo, sin decaer un minuto. Ahora los protagonistas son otros. Otros los ruidos. Ya en casa, Cintia sigue pensando en esas bailarinas y sueña con llegar a ser una de ellas, cuando sea grande.

Paola De Senzi . direccion@boletinfolklore.com.ar