Una menos cuarto de la madrugada. Entre bambalinas, un asistente le avisa a Horacio Guarany que sólo quedan cinco minutos de show. La respuesta es contundente “lo voy a terminar cuando se me antoje”. Se da vuelta y arranca otra vez con “Si se Calla el Cantor”. El Luna Park explota.
No cabe un sólo alfiler en el estadio de Corrientes y Bouchard, el sábado 24 de octubre para la despedida de uno de los más grandes cantores populares que ha dado el país, y desde hace días no se consiguen entradas.
En la platea hay gente grande, más grande y jóvenes y más jóvenes. Muchas mujeres pero mayoría de varones, que son los que gritan. Y chiflan. Guarany detiene el show y los reta, “te voy a meter el chifle en el…” y putea contra el sonidista que no consigue la equalización correcta. “A este seguro que no le pagaron todavía ¡Páguenle!”. La gente estalla en ovación, y así deviene la noche.
Y canta. “Caballo que no Galopa”; “Del Chúcaro” , “Zambita para mi Ausencia”, “No quisiera Quererte”, “Coplera del Prisionero”, Amar Amando”, “Altoverde”.
Sesenta años con el canto y ochenta y cuatro con la vida, -“yo digo que tengo 84 años y ustedes me aplauden, en vez de decir pobrecito el viejito”-. Guarany da cátedra de humor y de amor, de política y de actualidad, de ciudadanía, de demagogia, de humildad al mismo tiempo. Habla de Tinelli, de la televisión, de Perón, del exilio, del pueblo, de los militares, de los trabajadores, del pueblo y La Forestal, de la presidenta (“está buena”, dice) de su hijo y su mujer. Y de Plumas Verdes y el por qué –irrepetible- del nombre que le puso al lugar donde vive.
Habla de sexo, del baile en el caño y de las putas. De la música de afuera y de los poetas. De Tejada Gómez. De Castilla. De Borges.
Cuenta anécdotas. Y se vuelve a enojar con el que chifla, y vuelve a reclamar al sonidista. Lo acompañan entre sus músicos -asintiendo- Eduardo Negrín Andrade y Miguel Palito Acuña en su envidiable memoria para los relatos de tantas épocas vividas.
Y sigue cantando. “Caballo Viejo”, “Yo Tengo un Amigo Nuevo”, “El Llanto de las Vidalas”, “Agüita Fresca”, “Luna de Tartagal”, "Cachorrito”, “Piel Morena”, “Puerto de Santa Cruz”.
Para cuando Miguel Ángel Gutiérrez anuncia que la UOCRA le entregará el "casco amarillo" por "Constructor de la Música Popular Argentina", ya iban dos horas de show en las que Guarany tomó vino, bailó, y hasta se subió la bragueta en público. La idea era apagar las luces para que se acomode. Tarde. El cantor que nunca se calló la boca, menos iba a ocultar que tenía el cierre bajo del pantalón. Motivo para el relato, el desafío a la fotógrafa que avisó y el aplauso del público.
La maquinaria artística que maneja los minutos y segundos del Luna, dictamina –por enésima vez- que el show termina porque hay multa.
Guarany hace oídos sordos y sigue. Coherente con la anarquía del “siempre hice lo que quise”, está feliz porque le canta al pueblo. Y dice lo que se le da en gana.
Su imagen se multiplica en las pantallas, con la nueva producción filmica, “Sapucay”, terminada a principios de este año en San Luis. Alguien le acerca un vino y con el brindis, termina la noche. A su antojo, decide que es hora de que lo aplaudan nuevamente. De pie.
Horacio Guarany dijo -por esta vez- tarea cumplida
Paola De Senzi direccion@boletinfolklore.com.ar
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