Domingo por la noche. A la salida del teatro Gran Rex el marido mira el reloj y murmura: "cantó dos horas veinte". La esposa, aún con el sombrero con las iniciales ChP en brillantina le dice: "un poco más que ayer. Pero mirá que se prenden de nuevo las luces, por ahí vuelve."
A su lado, señoras cincuentonas cuchichean sobre el vestuario de los músicos y más allá dos jovencitas todavía eufóricas siguen cantando "Amor Salvaje".
Imágenes como esas se repiten por diez, por cien, en el teatro de la calle Corrientes, en la última de las tres funciones con las que el Chaqueño Palavecino festejó sus 25 años con el canto.
La del domingo fue la segunda función extra, a partir de la demanda de entradas del debut del viernes 27 de noviembre.
El artista nacido en el chaco salteño recorrió su historia musical, apoyándose en las canciones más conocidas y algunas perlitas de la primera época, como "Mercedes Silvina", "Virgen de la Peña" y "Casona del Molino", un homenaje a Horacio Guarany con "La Villerita" y "Piel Morena" y un repaso por temas de toda su discografía.
La puesta en escena semejaba una pulpería, con cacerolas colgando del techo, tapices, cuadros y bancos y mesitas, donde las mozas servían empanadas, vino y locro (de verdad) a los comensales, que no eran otros que los integrantes del Ballet Brandsen, y algunos colados. El cuerpo de baile dirigido por Mabel Pimentel y Oscar Murillo tuvo una participación estelar en la noche.
Hubo pocas palabras y mucha música, copleros de Formosa y Chaco en contrapunto y una clase rápida de cómo llegó la chacarera del noroeste a convertirse en chacarera del monte en las provincias del chaco formoseño, cuando el acordeón comenzó a imitar los acordes del violín.
Con la banda que lo acompaña siempre, apoyada en el guitarrista Oscar "Chato" Bazán, Pascual Toledo en percusión y Miguel Pocho Lazarte en guitarra y voces; violines, bandoneón, bajo y tres arpas, el Chaqueño Palavecino festejó sus 25 años de carrera en su ámbito. Lejos de la histeria del backstage festivalero de verano, y las peleas por el cartel o el horario de actuación. Lejos del cansancio visible de los últimos tiempos.
Cerca de las noches que supieron ser suyas, como las muchachas de grito enamorado, como los hombres que acompañan con el aplauso y las señoras con la euforia a flor de piel. Y la fiesta de pañuelos en alto.
Esta vez el tiempo y el reloj pertenecieron al Chaqueño Palavecino. Y eso estuvo tan bien que, como en los viejos tiempos, la fiesta perteneció a la gente.
Texto:P.D.S.. Colaboración y fotos: Karina Pombo
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