Cuando en 1959 Braulio López y José Luís Guerra se acercaron a la miscelánea cultural “Paisajes del Mundo” en la ciudad de Treinta y Tres que los vio nacer, no podían suponer que 50 años después aún llenarían estadios en las márgenes del Plata, un río bastante más caudaloso que aquel Olimar que dio nombre al dúo.
En efecto, “Los Olimareños” acaban de despedirse de Montevideo y Buenos Aires ante 43.000 personas (que abonaron 50 dólares de entrada promedio), suceso que confirma su popularidad y ratifica que estamos ante un hecho histórico y trascendente de la música popular. Un fenómeno que escapa a la lógica analística y recrea la fuerza, la potencia, el carisma y la mística que hicieron del dúo, una institución auténtica, única e intransferible. Braulio y “Pepe” logran empaste vocal exquisito. Sin embargo, nunca fueron músicos perfectos ni prolijos cantores. Desafinan, desajustan, pifian… ¡pero transmiten autenticidad telúrica como pocos! Allá lejos, lo vislumbró clarito el maestro Rubén Lena:
(…) ustedes claramente llevan la tierra, esta tierra, en sus cantares. Y es la voz del viento, del agua y las cuchillas. Es la voz dolida del hombre de estos pagos. Y voz amarga del niño de los campos. La voz del hombre más hombre en su destino. Y es voz de un pueblo que quiere que lo escuchen a nivel del hermano, con respecto de amigo. Voz con gusto a Yerbal y a serranía, con altura de gesto americano. Voz de garganta abierta, sin collares que ate la libre garganta que nos canta.
Y es duro ese camino, olimareños. Y deben recorrerlo paso a paso, no por sendas viejas, conocidas, donde les digan ¡viva! al amago del canto y calienten las manos y los pies golpeteando, si no donde la gente tenga la mirada enemiga. Y cuando los escuchen se queden preguntando: ¿de dónde viene el canto? ¿qué quiere con su canto esa tierra rebelde? Y esta tierra rebelde quiere, entre muchas, que la oigan atentos a nivel del hermano, con respeto de amigo, y ustedes compañeros, mírense bien adentro…**
La fidelidad al terruño y el mirar adentro los hizo artistas de mayorías, ídolos de multitudes, rol reservado solo a pocos y elegidos. Intérpretes sensibles y emotivos hasta las lágrimas. Creadores de un repertorio excepcional, con más de cien títulos-éxitos, clásicos del cancionero que serán entonados por generaciones cual himnos sobrevivientes. Monumental acerbo y legado artístico. Piezas bellísimas, que se sustentan por sí, con vuelo propio. Hoy cantadas por abuelos, hijos y nietos en coro familiar o multitudinario…
Le dieron identidad, personalidad y perfil definitivo, al Canto Popular Uruguayo. Con Zitarrosa, Viglietti, Sampayo, Carbajal, entre otros, construyeron esa sabrosa corriente y forjaron un nuevo mapa musical. Y no escaparon al torbellino político de los años ’60 y ’70. Su compromiso conoció la prohibición, la cárcel y el exilio, convirtiéndose en abanderados de las luchas libertarias. El pueblo oriental los reivindicó el 18 de mayo de 1984 en ceremonia imborrable, cuya celebración veinticinco años después, disparó esta nueva puesta en escena. Testigos epocales…
Rubén Lena y Víctor Lima constituyen la columna vertebral de la creatividad olimareña (a ellos debemos sumar, en los comienzos, a Oscar “Laucha” Prieto, siempre olvidado). También supieron hurgar contenidos entre la poesía de Serafín J. García, Osiris Rodríguez Castillos, Aníbal Sampayo, Marcos Velásquez, José Carbajal, Agustín R. Bisio, José María Obaldía, Carlos Porrini, Liber Falco, Washington Benavides, Mario Benedetti, Pancho Viera o Idea Vilariño. O elegir autores latinoamericanos como Andrés Eloy Blanco, Chico Buarque, Vinicius De Moraes, Simón Díaz, Ángel C. Loyola, Víctor Jara, José Martí, Miguel Matamoros, Pablo Neruda, Guillermo Portabales, Carlos Puebla, Elvio Romero, Juan Vicente y Alberto Arvelo Torrealba, Atahualpa Yupanqui y Néstor Zabarce. O españoles, caso León Felipe o Miguel Hernández, incluido el emblemático motivo popular de la Guerra Civil “Los dos gallos”. Dato extra: introdujeron el folklore venezolano al Río de la Plata.
En la despedida, nos regalaron treinta y ocho temas, muy representativos y brillantemente seleccionados, con momentos y climas diferentes, bien marcados, que nos transportaron desde la euforia (“La Ariscona” de Lena) al intimista (“Las dos querencias” de Lima); del amoroso (“Nuestro camino” de Velásquez) al militante (“Cielo del 69” de Benedetti); de Venezuela (“Angelitos negros” de Blanco) a Cuba (“Este es mi pueblo” de Puebla); del campo (“Orejano” de García) a la ciudad (“Pobre Joaquín” de Lena); de la cuchilla recóndita (“Isla Patrulla” de Lena) al tablado carnavalero (“Al Paco Bilbao” de Lena); del festivo (“De cojinillo” de Lena) al tristón (“Tá llorando” de Guerra); o de la escuela (“Sembrador de abecedario” de Lima) al hoy adulto (“Los Orientales” de Vilariño). Un festín de serraneras, milongas, valses, polcas, chacareras, zambas, pasajes, zumba que zumba, guajira, candombes, carnavaleras y canciones varias.
En el inicio, el añoso vinilo gira la serranera leniana “Del Templao” en concepto premonitorio: “Que la noche sea muy negra / no es dificultad mayor, / llevando firme la rienda / y al tino por rumbeador”… hasta que el dúo, en vivo, sustituye al disco simple. ¡Notable golpe de efecto! Clima de fiesta. Y después, tema tras tema, sin intervalos. Apenas algunas palabras agradecidas y de justicia para el público que mantuvo en el recuerdo las canciones, el mejor homenaje a sus autores. Al final, como sexto bis, el Himno Popular y Cultural “A Don José” (milonga de Lena), legislado por el parlamento uruguayo y entonado por todos con fervor patrio. Y el público enronquecido no se va… y pide “una más, una más, una más…” ¡y surge espontánea la yapa de lágrimas y alegría con “A mi gente” de El Sabalero! Ahora sí, la concurrencia se retira alelada, casi en éxtasis, con la sensación de la caricia sublime. Feliz y sumida en una atmósfera de nostalgia. La memoria colectiva intacta, ¡pese a todo!
Organización perfecta y más de ciento cincuenta minutos que transcurrieron en instantes… Banda moderna (batería, tumbadoras y percusión, teclado y acordeón, y contrabajo) y el complemento atractivo y energizante de la batería murguera (bombo, platillo y redoblante) de “La Tríada”. Voces de 67 años, con 19 de separación, casi inalteradas. Y dos guitarras electroacústicas, estridentes y patinadoras, que ofenden aquellas criollas. Pero ¡qué importa!: ¡por veinte años el pueblo pidió la vuelta de “Los Olimareños”, y Braulio y “Pepe” se y nos reencontraron!
* Schubert Flores Vassella: periodista oriental, difusor e investigador de costumbres y expresiones artísticas suramericanas.
** Carta de Rubén Lena del 1º de julio de 1964.
|